Preludio
La Ilustración instauró una división radical entre materia y mente que ha dado forma al pensamiento occidental durante siglos. La materia fue reducida a una sustancia inerte, medible y pasiva, mientras que la mente—res cogitans en el dualismo cartesiano—fue elevada como el agente capaz de manipular este mundo carente de vitalidad. Este marco conceptual fomentó una relación de dominio sobre la naturaleza y la desvalorización de la vida no humana. Paralelamente, Vilém Flusser (2011) identifica un movimiento complementario en la historia de la tecnología: una progresiva abstracción de lo concreto, una especie de negación sistemática de la mortalidad. Desde la experiencia precognitiva y corporal de la naturaleza, avanzamos hacia la acción tridimensional, luego hacia la representación bidimensional, la linealidad de la escritura y finalmente la cero-dimensionalidad de lo digital.
En este último estadio de abstracción, la realidad se convierte en una construcción del pensamiento antes que una representación de lo percibido. El ámbito digital, que promete trascender las limitaciones materiales, parece replicar el dualismo cartesiano al proponer un “segundo mundo” virtual. Sin embargo, también tiene el potencial de romper este marco binario, desafiando las estructuras tradicionales de la realidad y permitiendo una nueva comprensión de la materia.
1. Contra el Dualismo: Lo Virtual como Potencia
Lo virtual suele interpretarse dentro de un dualismo representacional. Por un lado, se lo desestima como ilusorio, una copia degradada de lo real; por otro, se lo celebra como una mejora que supera las limitaciones de la existencia material. Ambas perspectivas perpetúan una separación ontológica entre lo real y lo virtual, ignorando su interrelación fundamental.
En su sentido etimológico, “virtual” proviene de virtus, que significa fuerza o potencia. No remite a una simulación, sino a una dimensión de posibilidad. Brian Massumi (2014) describe lo virtual como “la potencia de lo que es, por la cual llega realmente a ser” (p. 55). Lenguaje y tecnología, como extensiones de esta virtualidad humana, transforman la posibilidad en acto, modulando la realidad en experiencia consciente.
Gilles Deleuze afirmó que lo virtual es “plenamente real en la medida en que es virtual… [r]eal sin ser actual” (1994, p. 208). Esta formulación disuelve el dualismo: lo real abarca tanto lo actual como lo virtual. Este último no es un reflejo ilusorio de lo primero, sino su potencialidad intrínseca, la fuerza generadora que permite el cambio continuo. Separar lo virtual de lo actual es negar el flujo dinámico de transformación que define la realidad.
2. Virtualidad Inmanente: La Autonomía de la Imagen
Pensar la virtualidad fuera del dualismo significa liberarla de los límites de la representación. Lo virtual no está atado a un modelo original; es una fuerza creativa autónoma que genera transformaciones independientes de cualquier prototipo previo. Massumi señala que lo virtual “afirma su propia diferencia”, resistiéndose a ser una mera copia de lo actual (1987, p. 91).
Esta autonomía recuerda las operaciones de la memoria y los sueños, donde lo recordado nunca es una reproducción exacta, sino una reconstrucción continuamente afectada por el presente. La percepción, de manera similar, es un proceso dinámico: intensidades y fuerzas en el umbral de la conciencia se constelan en imágenes claras que dan forma a nuestra experiencia.
En el ámbito digital, esta autonomía se amplifica. Bernard Stiegler observa que la imagen digital rompe el “cordón umbilical” que conecta las imágenes analógicas con su origen material. La luz que define una fotografía tradicional proviene del momento físico de la captura; en cambio, la imagen digital es un “fantasma algorítmico,” generado por datos, no por una realidad tangible (Stiegler, 2002, p. 153). Este desprendimiento de lo material permite que las imágenes digitales no solo representen, sino que construyan nuevas realidades.
3. El Campo: Imágenes Emergentes y la Reconfiguración de la Materia
Para los griegos, todas las imágenes provenían de Hades, engendradas por la unión de lo más etéreo y lo más terrenal. Esta visión mítica revela la vitalidad inherente a las imágenes, que no son representaciones estáticas, sino procesos dinámicos que dan forma a la experiencia. Las imágenes, ya sean perceptivas o imaginadas, emergen de una interacción de fuerzas que exceden nuestra conciencia.
Lo digital expande esta vitalidad al disolver las jerarquías rígidas y la lógica lineal de la modernidad. Deleuze y Guattari (1987) describen este nuevo marco como rizomático: un sistema de conexiones fluidas y no jerárquicas. En este esquema, los objetos se transforman en “objetiles,” eventos dinámicos que emergen de la interacción constante entre fuerzas virtuales y actuales (Deleuze, 1993).
La capacidad del ámbito digital para modular esta interacción intensifica su impacto. Herramientas como la realidad virtual permiten manipular el tiempo, el espacio y la percepción, revelando dimensiones de experiencia normalmente ocultas. En un video a cámara lenta de algo tan simple como pelar una naranja, se pueden destacar aspectos sensoriales y emocionales que normalmente pasan desapercibidos. Estas herramientas, lejos de copiar la realidad, la enriquecen, desenterrando su riqueza y mutabilidad.
4. Hacia un Reencantamiento de la Materia
La capacidad del ámbito digital para reconfigurar la materia se alinea con el giro ontológico del nuevo materialismo. Jane Bennett (2010) aboga por una visión de la materia como vibrante y dotada de agencia, desdibujando las fronteras entre lo humano y lo no humano. En esta visión, la materia no es inerte, sino un participante activo en la generación continua del mundo. La “realidad agencial” de Karen Barad (2007) refuerza esta idea, mostrando cómo materia, significado y acción están inextricablemente entrelazados.
Esta perspectiva resuena con una sensibilidad animista, donde el mundo se percibe como una red viva de relaciones. Tim Ingold describe esta red como “la textura del mundo,” donde cada ser emerge a través de sus conexiones con los demás (2006). Este enfoque desafía el impulso moderno hacia el dominio y el control, proponiendo en su lugar una ética de apertura y respuesta.
Coda
La era digital, con su abstracción cero-dimensional y lógica rizomática, perturba el desencantamiento de la materia característico de la modernidad. Al revelar la virtualidad como inmanente a lo real, disuelve las jerarquías dualistas que han configurado el pensamiento occidental. El mundo ya no es un conjunto estático de objetos, sino un campo dinámico de fuerzas, relaciones y posibilidades.
Este cambio exige no solo una nueva ontología, sino también una nueva ética. Habitar el mundo poshumano implica abrazar la vitalidad y la imprevisibilidad de la materia, abandonar el deseo de control y cultivar el asombro y la reverencia por la red interconectada de la existencia. Como señala Bennett, “las cosas también son actores vitales en el mundo” (2010, p. 4). En esta vitalidad compartida, lo humano y lo no humano, lo actual y lo virtual, convergen, abriendo caminos hacia una comprensión más profunda y participativa de la existencia.
La versión larga de este ensayo se encuentra publicada en inglés bajo:
Krebs, Victor J., 2022. Digital Animism. Towards a New Materialism. Religions 13: x. https://doi.org/10.3390/xxxxx
