Al ver la foto del trébol de cuatro hojas que había encontrado un amigo en un libro antiguo y compartido en su Facebook, recordé mi experiencia de un hallazgo parecido. Inmediatamente fui a buscar el trébol que yo guardaba también en mi biblioteca.
Mas, pronto, la feliz anticipación de volver a verlo y comprobar que yo también guardaba esa suerte, se trocó en sorpresa, luego en horror y después en indignación, al encontrar el libro y descubrir que su lomo hermoso de letras doradas había sido mitad pelado. Verifiqué ansiosamente en mi memoria, para recordar si esta herida era antigua, si quizás era mi imaginación la que había reconstruido el lomo falsamente en mi recuerdo. Pero no.

Entonces la sorpresa se volvió rápidamente duelo, al descubrir que el trébol ya no se encontraba entre las antiguas páginas del libro. Incrédulo busqué una y otra vez. Obviamente el lomo herido era la huella de lo que habia sido, sin duda, un suceso cruento.
Del trébol que había permanecido casi doscientos años entre las cubiertas de este libro. -congelando en el tiempo quien sabe que feliz ocasión en la vida de su original dueño- quedaba solo la impresión de sus cuatro hojas en una imagen doble, especular, sobre las páginas.
Consternado, volví a cerrar el libro y colocarlo en su sitio. Pero de pronto divisé, escondido bajo el lomo -como un transeúnte arrollado, debajo de un carro en la pista- lo que parecían los restos del triste trébol. No atiné sino a colocarlo nuevamente en el lecho que antes lo cobijaba y ahora se convertía en su tumba. Lo contemplé incrédulo y triste, pensando nuevamente en la historia que lo había guardado por tan largo y que había ahora terminado tan trágicamente.
Pero obedeciendo a ese instinto pigmaliónico -que tanto han fortalecido, en nuestra relación con las imágenes, los telefonos inteligentes adheridos a casi permanentemente a nosotros- y siguiendo casi ciegamente ese habito de documentar y compartir que nos ha ido inculcando tambien nuestra vida digital, he tomado estas fotos que ahora posteo en mi muro.
Se me ocurre, al terminar de escribir estas lineas, que la historia del trébol continua y que esta tragedia simplemente marca un momento climático en su historia; ahora mas bien adquiere dos nuevas vidas: fisicamente pervive en mis repisas y en la antigua fisicalidad de este libro y su aura. Pero adquiere tambien una segunda vida, quizas hasta un renacimiento, en estas imagenes digitales en las que perdura ahora virtualmente de este nuevo mundo digital en el que estamos aprendiendo a vivir.
Me vienen a la mente estas líneas, que Nathaniel Hawthorne escribiera en 1850 -más o menos en la época de la que viene el trébol y el libro:
Nada como nuestra historia ha sido escrito…. ni lo será jamás. Pues nunca nos sentiríamos inclinados a hacer del público nuestro confidente.
Obviamente, es otro el mundo en que habitamos nosotros en nuestra era digital.
