Un marciano en mi país

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Yo a veces en mi propio país me siento como un marciano. Esta mañana, por ejemplo.

Salgo con mi perro, Blue,como es nuestra costumbre, a caminar temprano, cuando la calle esta aun vacía y aun se escuchan a los pajaritos. Andando lentamente, dando muchas vueltas extrañas, retrocesos y zigzageos, (pues aparte del pausado paso de los casi diecisiete años de este whippet, su usual curiosidad  que es nuestro guía, es cada vez más errática y más detenida) finalmente llegamos a la esquina. En la esquina presenciamos lo que tiene que ser el colmo de la ironía limeña: Un carro, de esos nuevos ticos (que infelizmente empieza a usar Uber), pintado todo amarillo con señales de vehículo de instrucción, con quien supuestamente eran instructor y aprendiz, avanza en contra del tráfico. Se detiene sobre la mitad de la avenida antes de terminar de entrar en ella, delante de nuestra mirada estupefacta.

No solo era la concha, porque no hay mejor manera de ponerlo, de este individuo, que se estaba comiendo la señal, sino que le estaba enseñando a un futuro conductor de nuestra ciudad, no solo que no estaba mal, sino que era perfectamente legítimos ignorar la reglas. SI los que aprenden a manejar tienen esa instrucción ya no sorprenden las barbaridades que hacen a diario los conductores de kombi, que ni eso tienen. Pero me hirvió la sangre como me arde frecuentemente cuando veo cosas como esta. Una inconciencia cívica apabullante. Nada ni de amor por nuestra ciudad, ni de respeto por el prójimo, ni nada en pos del bienestar general. Solo lo que yo quiero, lo que o necesito. Todo a la prepo y sin vergüenza.

Pero cual no sería mi segunda sorpresa, cuando delante nuestro vimos bien parado a un sereno, que había permanecido impávido ante la flagrancia. Así que decidí ir a conversar con él sobre lo que acababa de pasar y a preguntarle por qué no había hecho nada. Pero justo cuando iba a acercarme se para un  taxista  y se pone a conversar con el sereno. Yo espero paciente, pero ya sintiendo cierta irritación.  Pero veo que le está pidiendo direcciones. Terminan y el sereno se dispone a volverse en mi dirección y yo a hablarle, cuando de pronto escucho el sonido de la caja de cambios del carro taxi. Pensé” “ah no, no irá a retroceder.” Pero efectivamente, contraviniendo todas las reglas de tránsito y en plena vista del sereno, este hombre retrocedió en plena avenida, hizo media vuelta e medio del carril contrario y finalmente entrar en la calle lateral que lo llevaría obviamente más directamente a su destino.

Yo sé que a veces me altero y que en realidad no vale la pena alterarse. Mucha gente me pregunta  cuánto tiempo me tomó acostumbrarme a Lima luego de mi retorno de Venezuela hace ya más de diez años y siempre me escucho repitiendo que nunca me he acostumbrado. Hay días en que me convenzo de dejar que las cosas se desenvuelvan frente a mi en todas sus perversas formas urbanas manteniendo una actitud Zen. A veces, felizmente, lo logro. Pero esta mañana me venció. Y recién empezaba…

El pobre Blue había esperado también pacientemente, no sé si tan alarmado por lo que habíamos visto como yo (no lo creo, pues nunca ha entendido bien eso de las señales de tránsito), y ansiaba ya hablar con el sereno. “Oiga usted,” le empiezo a decir a medida que avanzo, “sabe que ha cometido usted dos grandes errores esta mañana?” Me mira confundido y me vuelve a saludar, esta vez ya atento. “Sí,” le digo, “usted ha visto –no ha visto?– a ese carrito amarillo venir en contra del tráfico para doblar aquí?” “No”, me dice, “yo no lo he visto.” Ajá pienso, ok, mejor será moverme al  siguiente error, pues ese no lo quiere o no lo puede reconocer.  “Por otro lado”, continúo, manteniendo la calma ya con dificultad, “delante de usted este taxi ha retrocedido en plena avenida y usted no le ha dicho nada?” El hombre me mira un sin entender, “no señor, yo le he dado permiso, señor”, me contesta.

“Oiga,” le digo, peor entonces. “No es ahora el ciudadano el que infringe las leyes, sino la autoridad quien le sugiere que lo haga!” Y me responde, sin pensarlo, convencido de lo que dice, “pero señor, no hay tráfico.”Es hí cuando nuevamente me sentí un marciano en mi país.  No hubo manera de hacerle entender que si él decide que ahora puede permitirle a alguien romper las reglas porque son solo las ocho y no hay ningun carro, mañana otro oficial puede decidir lo mismo a las 12 del día y así comienzan a perder sentido la reglas. Ni siquiera intenté explicarle que sin reglas, pues, el tráfico es un caos. “Es por eso que estamos como estamos,” le dije ya frustrado. Y lo dejé, preguntándome si no soy yo el raro y no esta insólita cultura del caos.

Pero pienso que el problema no es el sereno. Este señor,  en realidad fue muy respetuoso y cortés hasta el final a pesar de mi visible enojo. Él no es el problema, sino el sistema  que no asume la responsabilidad de instruirlo y capacitarlo para que sepa él qué es lo que defiende cuando defiende la ley, para que sepamos nosotros que en el oficial tenemos a alguien que va a hacer respetar la ley y no lo contrario.

Las Municipalidades (en este caso no sé si de San Isidro o Miraflores, porque esto sucedió justamente en una calle que es la frontera) y sobre todo la Municipalidad de Lima deberían tener un programa permanente de capacitación cívica y ética para sus oficiales. La célebre reina de belleza Irene Saéz fue alcaldesa ejemplar del municipio de Chacao, en Caracas (cuando Venezuela aun no había sido secuestrada por el chavismo) inició una verdadera revolución moral desde la Municipalidad, entrenando a los serenos e inculcándoles el orgullo y respeto por lo que defendían y haciéndolos un ejemplo de civismo y símbolo del respeto y consideración, defensores de la ley y el orden en la ciudad. Ojalá nuestros alcaldes, sobre todo ahora que empiezan pronto las elecciones, puedan proponer cambios de fondo como esos, para de alguna manera y de todas partes empecemos a sacar a nuestro país del lodazal en el que pareciese estancado.

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One thought on “Un marciano en mi país

  1. Saludos, VJK.

    De hecho, es sorprendente cómo pareciera que en nuestro querido Perú lo que se ha institucionalizado (¿quizás con alta autonomía y capacidad?) no son las reglas sino el no cumplirlas. Es más, como bien relatas en la experiencia que viviste junto a Blue, se promueve su incumplimiento. Hace poco en mi clase de Teoría del Estado con Eduardo Dargent, él también nos comentaba acerca de un tema sobre el que incluso escribió una columna en La República hace algunos años: pese a que hay (o había) un anuncio grande en la esquina de La Mar con Universitaria que prohibía voltear a la izquierda, muchos conductores lo hacían cuando no había algún o alguna policía de tránsito en el lugar. En este caso, solo cuando estaba presente la autoridad sabían los conductores respetar la regla. El énfasis en ese caso está en que quizás el tema no se trate solo de educación, porque ¡los conductores saben la norma! (y por eso la respetan cuando la autoridad está al frente. Pero han desarrollado una ética tal que si la autoridad no está se zurran en las reglas. Volviendo a tu experiencia, en este caso incluso es la misma autoridad la que permite la flagrancia. Lo cual termina siendo aun más sorprendente. El link a la columna de Eduardo es este –> http://larepublica.pe/politica/967201-prohibido-voltear-a-la-izquierda

    Por mi parte, a mí me sucede algo similar –y últimamente he empezado a actuar frente a ello– cada vez que estoy ante un semáforo que está en rojo y tengo el crucero peatonal (la línea de zebra) delante mío. Se supone que lo normal debiera ser que todas las personas esperemos el verde y podamos cruzar cuando el semáforo está en verde (¡incluso hay la silueta de un hombre debajo de la cuenta regresiva del semáforo!), pero la realidad supera a la norma convencional: muchas personas, cual si se tratase de un juego, cruzan el semáforo cuando este se encuentra en rojo, desafiando a los carros y en muchas ocasiones apurando el paso para salvarse de un eventual atropello. ¿Será que psicoanalíticamente todas estas personas apaciguan su líbido reprimida cada vez que logran sacarle la vuelta a la norma? ¿Hay alguna satisfacción en ello, o peor aun, alguna sensación de superioridad (in)moral o de no-moral frente a los idiotas como yo que esperamos pacientemente la cuenta regresiva del semáforo en rojo para esperar la cuenta regresiva en verde y así podamos cruzar con tranquilidad (aunque sabiendo también que no faltará otro idiota cuya pulsión sea cruzar en rojo)? Dejo estas dos últimas preguntas haciendo notar que tu reflexión me ha motivado a pensar, y que además de estas preguntas de corte ético-psicoanalítico, queda siempre la pregunta de qué debiera hacer el Estado sobre este problema que a todas luces es público, pero que grandemente rebasa incluso el propio marco teórico de las políticas públicas, a tratarse de un asunto de cultura cívico-política. Aún hay mucho por pensar.

    Atentamente,

    Patrick F A Salazar Caso

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