
Pedro Pablo Kuzcynski era el mal menor en la contienda electoral contra Keiko Fujimori y su partido en el 2016. Ella perdió le presidencia (‘por un pelo’, de boca del mismo PPK) pero logró la mayoría en el Congreso, con lo que hemos pasado el año entre escándalos y pleitos, constante obstrucción que resultó en la renuncia de tres Ministros de Estado y el casi total caos gubernamental. Los constantes actos de abuso de poder y prepotente arbitrariedad, recientemente se manifestaron en la interferencia fujimorista en el poder legislativo, y eventualmente se consumaron en el proceso de vacancia presidencial. Kuczynski respondió pusilánimemente en cada ocasión y solo pareció despertar al verse citado para el debate en el Congreso para vacarlo. Fue entonces que en un acto de contrición y súbito reconocimiento, pidió el apoyo del país y declaró en la prensa que, de permanecer en el puesto, actuaría ya decididamente, habiendo identificado finalmente al enemigo.
El procedimiento de vacancia parecía ser simplemente una formalidad frente a las declaraciones de los congresistas de oposición que ya habían tomado su decisión. Pero en una movida inesperada de Kenji Fujimori, quien luego de un año de conflictos había sido censurado por el partido naranja. Gracias a él y a los diez congresistas fujimoristas que lo acompañaron en rompar con el voto en bloque de la oposición, se evitó la vacancia. Alberto Fujimori parece haber apoyado en esta ruptura dentro del partido de Keiko, llamando por teléfono a algunos congresistas durante el debate.
La noche del debate celebramos con alivio no solo la victoria sobre este intento de vacancia a todas luces cuestionable y apresurado, sino además la pérdida de mayoría por parte de los abusivos congresistas naranja. El 2017 parecía anunciarse como un año de dicha para los peruanos, con el inesperado triunfo de la constitucionalidad sobre el abuso de poder, sumado a nuestra clasificación en el mundial de fútbol. Solo quedaba una ligera nube, en los rumores y sospechas de un supuesto pacto entre PPK y Kenji en favor del indulto a Alberto Fujimori.
Luego de dos días de aparente calma después de esa primera tormenta, arreció una segunda. Abruptamente en noche buena, en lo que era una noche de paz y celebración familiar, se anunció el indulto por los medios. Antes de escuchar del Presidente se hicieron oir ya las voces de protesta ante lo que parecía una violación del debido proceso y una insensata prisa que parecía hacer eco de la misma expedicia del Congreso para la vacancia presidencial. Apoyado en un reporte médico, prontamente desestimado por un reconocido galeno y acompañado de un show mediático montado desde la clínica por parte de Alberto Fujimori, que evocan las turbias tácticas de un tiempo que creíamos haber dejado atrás, el indulto era ya un hecho consumado.
Siguieron un día de consternación y protestas públicas. Salvo por dos notables excepciones por parte de congresistas del oficialismo anunciando sus renuncias, ni el presidente ni los demás miembros del gobierno se pronunciaron para romper el ennervante silencio. Solo por la noche del día siguiente apareció PPK. Desaliñado, con la apariencia de un fugitivo y desde lo que parecía ser un baño clandestino, (aunque sobre la coreografía apurada de un gran cuadro colonial de la virgen flanqueada de dos ángeles!), leyó su Mensaje a la Nación a través de una precaria señal que podría haber sido la de un celular.
Apelando primero a la autoridad constitucional que acababa de recuperar, y blandiendo argumentos conocidos del fujimorismo, intentó justificar su decisión durante los siguientes tortuosos minutos. Caracterizando a Alberto Fujimori como “un ex-presidente que había servido ya 12 años por serios excesos y transgresiones a la ley” (no como dictador responsable de abusos y violaciones a los derechos humanos y a la democracia, por los que fue condenado a 25 años de prisión – es decir, desestimando el veredicto del Tribunal de Justicia, Kuzcynski enciende la cólera y frustración pública de los dolientes de las víctimas de la dictadura y todos aquellos que rechazan la corrupción que aun infecta al país.
Insólita, aunque consecuentemente con su acostumbrada sordera social y falta de tino, PPK llama a la reconciliación nacional “por el bien de todos los peruanos.” Obviamente consciente de su rechazo por parte de las generaciones mayores, urge, con la frivolidad e insensibilidad de un mero lobista, a los “jóvenes peruanos” a poner a un lado “los sentimientos negativos de épocas pasadas” y “voltear la página”, para llegar triunfantes al bicentenario y garantizar un futuro próspero.
El mensaje de Pedro Pablo Kuczynski ha desatado la furia en las calles y en las redes sociales. Las protestas en la ciudad han sido reprimidas con bombas lacrimógenas y se reporta por lo menos un incidente de violencia policial.
Hay mucho movimiento callado en el campo fujimorista y otro silencio insoportable de parte de los miembros del gobierno. Los ministros y congresistas empiezan a abandonar el barco. Las viejas heridas producto de la oscura era fujimontesinista y sus abusos a los derechos humanos, las muertes y desapariciones, la corrupción a todo nivel que quebró la moral nacional, todas se han reabierto. La pretendida reconciliación ha resultado en frustración y cólera y ha creado un ambiente volátil de polarización que amenaza la vida de la nación. PPK tendrá grandes dificultades en formar u nuevo gabinete una vez que haya contado sus bajas, y es difícil concebir cómo podrá gobernar sin el apoyo de sus bases.
Con el ánimo caldeado de las calles y las primeras señales de represión, cualquier cosa podría pasar ahora. Un golpe militar o el retorno del fujimorismo, ahora grandemente facilitado por el líder original en libertad y sus herederos probablemente reconciliados y protegidos por PPK, quien parece haber jugado aqui el papel del desalmado bufón de una nueva tragedia nacional.
